
Hablando de libros, el más simple análisis del escenario en que se encuentran produce una depresión inmediata. Sobreprecios irrisorios, una masa lectora muy pequeña con niveles de comprensión penosos y una calidad de contenidos bastante dudosa. Más allá de la gente que no lee (la gran mayoría), entre la minoría lectora hay una tendencia creciente a leer basura que es preocupante. Es cosa de ver la sección de “Los más vendidos” en cualquier librería o el ranking de ventas de la semana en El Mercurio. Tampoco entiendo (racionalmente) por qué existen esas secciones. ¿Por qué a la gente le importa lo que lea el resto?
Bueno es claro que el grueso de la población lectora quiere leer lo que “se está leyendo”, lo que se comenta, el libro de moda. Mientras más leído, más ganas les dan de leerlo y esto es aprovechado por las entidades que lucran con el negocio: “¡56ª Edición!”, “¡Éxito de ventas en más de 65 países!”, “¡5 millones de copias vendidas en el mundo!”. El criterio cuantitativo –la aceptación popular- pasa a ser el que determina (y garantiza) la calidad de algo. Es lo que refleja el famoso dicho: “¡Coma mierda! Miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas”. Desde luego sabemos que en la realidad tiende a ser todo lo contrario, sin embargo tal criterio cuantitativo, economicista y vulgar me parece que tiene su origen en la televisión y se ha incrustado como un cáncer en las mentes de las personas.
Entonces ¿qué lee la gente? Principalmente libros de entretención, best
sellers, novelas rosa, relatos de fácil absorción, libros que tendrán próximamente una adaptación cinematográfica hollywoodense, etc. En principio no está mal, al menos es literatura. Pero cuando esto no va balanceado con textos con un poco más de contenido, pasa a ser lo mismo que ver televisión. De hecho lo que más se vende hoy son libros que tienen una estructura narrativa por escenas tipo guión cinematográfico: terreno familiar para generaciones que han crecido bombardeadas por imágenes televisivas y cuya capacidad de abstracción e imaginación es bastante pobre. No digo que todo el mundo deba leer a Mircea Eliade, Friederich Nietzsche o James Joyce, pero por lo menos una cosa que no sea un producto comercial de mísera calidad no le hace mal a nadie, ¿no?
Junto a estos libros de entretención aparecen en los primeros lugares de ventas los galimatías de los famosos libros de “autoayuda”, textos basados en palabrería barata en lenguaje pseudo-científico, sofismas y falacias ridículas que confunden al lector poco precavido y/o ignorante. Éstas verdaderas heces literarias me hacen lamentar profundamente la cantidad de árboles que han debido caer para poder fabricar papel suficiente en el cual imprimir semejante basura. La gente cree que lee algo útil, profundo y serio con alto contenido filosófico, rigor y erudición, pero la triste realidad dice que son desechos fraseológicos hipócritas y estafadores que no tienen más valor que lo que pueda decir cualquier “opinólogo” (un neologismo) de la TV al azar. Sin embargo el vulgo parece considerarlos útiles, allá ellos.
Entre los libros de más éxito de los últimos tiempos, hay dos que sobresalen: Harry Potter y El Código Da Vinci. El primero es un libro para niños que ha tenido un éxito bastante inexplicable para mi. Harry Potter es a la literatura lo que McDonalds es a la comida. Basurilla de fácil digestión en un envase bonito con un contenido artificial y plástico. Por ahí leí a algunos herejes (imbéciles) que se atrevían a comparar los mamotretos y revoloteos pedestres e inconsistentes del colectivo formado por J.K. Rowling y sus miles de editores, con la obra de C.S. Lewis, pero creo que tomarse en serio esos comentarios sería caer en un juego pueril sin sentido. Harry Potter es una soberana mierda y punto.
Bueno es claro que el grueso de la población lectora quiere leer lo que “se está leyendo”, lo que se comenta, el libro de moda. Mientras más leído, más ganas les dan de leerlo y esto es aprovechado por las entidades que lucran con el negocio: “¡56ª Edición!”, “¡Éxito de ventas en más de 65 países!”, “¡5 millones de copias vendidas en el mundo!”. El criterio cuantitativo –la aceptación popular- pasa a ser el que determina (y garantiza) la calidad de algo. Es lo que refleja el famoso dicho: “¡Coma mierda! Miles de millones de moscas no pueden estar equivocadas”. Desde luego sabemos que en la realidad tiende a ser todo lo contrario, sin embargo tal criterio cuantitativo, economicista y vulgar me parece que tiene su origen en la televisión y se ha incrustado como un cáncer en las mentes de las personas.
Entonces ¿qué lee la gente? Principalmente libros de entretención, best
sellers, novelas rosa, relatos de fácil absorción, libros que tendrán próximamente una adaptación cinematográfica hollywoodense, etc. En principio no está mal, al menos es literatura. Pero cuando esto no va balanceado con textos con un poco más de contenido, pasa a ser lo mismo que ver televisión. De hecho lo que más se vende hoy son libros que tienen una estructura narrativa por escenas tipo guión cinematográfico: terreno familiar para generaciones que han crecido bombardeadas por imágenes televisivas y cuya capacidad de abstracción e imaginación es bastante pobre. No digo que todo el mundo deba leer a Mircea Eliade, Friederich Nietzsche o James Joyce, pero por lo menos una cosa que no sea un producto comercial de mísera calidad no le hace mal a nadie, ¿no?Junto a estos libros de entretención aparecen en los primeros lugares de ventas los galimatías de los famosos libros de “autoayuda”, textos basados en palabrería barata en lenguaje pseudo-científico, sofismas y falacias ridículas que confunden al lector poco precavido y/o ignorante. Éstas verdaderas heces literarias me hacen lamentar profundamente la cantidad de árboles que han debido caer para poder fabricar papel suficiente en el cual imprimir semejante basura. La gente cree que lee algo útil, profundo y serio con alto contenido filosófico, rigor y erudición, pero la triste realidad dice que son desechos fraseológicos hipócritas y estafadores que no tienen más valor que lo que pueda decir cualquier “opinólogo” (un neologismo) de la TV al azar. Sin embargo el vulgo parece considerarlos útiles, allá ellos.
Entre los libros de más éxito de los últimos tiempos, hay dos que sobresalen: Harry Potter y El Código Da Vinci. El primero es un libro para niños que ha tenido un éxito bastante inexplicable para mi. Harry Potter es a la literatura lo que McDonalds es a la comida. Basurilla de fácil digestión en un envase bonito con un contenido artificial y plástico. Por ahí leí a algunos herejes (imbéciles) que se atrevían a comparar los mamotretos y revoloteos pedestres e inconsistentes del colectivo formado por J.K. Rowling y sus miles de editores, con la obra de C.S. Lewis, pero creo que tomarse en serio esos comentarios sería caer en un juego pueril sin sentido. Harry Potter es una soberana mierda y punto.
Mientras tanto, “El Código Da Vinci” es un embeleco de ficción en tono de telenovela, medianamente logrado aunque con pretensiones absurdas de erudición y documentación que sólo son capaces de convencer a personas rematadamente ignorantes o que en el fondo de su ser quieran creer lo que Dan Brown dice. Alguien dijo que era “El péndulo de Foucault para idiotas”, pero creo que incluso esa comparación deja mal a la excelente obra de Umberto Eco. Lo increíble del libro de Brown es que de pronto las librerías se llenaron de spin-offs y oportunistas tratando de colgarse del éxito del librillo. “Secretos del código Da Vinci”, “Cómo interpretar los secretos del código Da Vinci”, “Claves para entender las explicaciones a los secretos del código Da Vinci” y más fecas por el estilo, además de una gran profusión de imitaciones burdas al original con diseño similar de portada incluido. Ninguno vale la tinta con la que fueron impresos.¿Qué es lo malo de todo esto? Que la gente reconoce al libro como un objeto con autoridad incluso mayor a la de su ídolo, la caja idiota llamada televisión. Si leen algo en un libro pasa automáticamente a ser una verdad revelada. El rebaño cree que por estar leyendo un libro se está “culturizando”. Pero siendo que la mayoría de los libros que leen son un simple producto comercial destinado a llenar los bolsillos de autores y editoriales sería interesante saber qué clase de cultura es la que obtienen de ahí. Sobre todo esto es preocupante dado el hecho de que algunas personas extraen de sus librillos de cabecera frases calcadas tipo “copiar/pegar” en las discusiones habituales. La esperanza que queda es que esta Literatura Basura sea simplemente la entrada al mundo de las letras, a partir de la cuál pueden pasar a cosas mejores. Pero mientras no se fomente la literatura desde la más tierna infancia, eso no será posible.
No puedo finalizar este artículo sin recordar una célebre intervención de don Armando Uribe, cuando se le preguntaba por qué criticaba a Isabel Allende siendo que tenía tanto éxito de ventas entre la gente. La respuesta fue: "Isabel Allende escribe pura basura, y a las masas: ¡que las parta un rayo!". Grande Don Armando.









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